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sábado, 15 de septiembre de 2018

Citas célebres (74): Doblan por los mastines

—Tendrás que derribar algunas de las paredes interiores —dijo el Capitán—. Que los esclavos te hagan una cama nueva, una lo bastante larga, y algún mueble más.
—No estás escuchando —dijo el gigante—. Pierdo los estribos cuando la gente no escucha.
—Eres mi heredero...
—No. No lo soy. La esclavitud es una abominación. La esclavitud es aquello que los que odian le hacen a los demás. Se odian a sí mismos. Odian para ser diferentes, para ser mejores. Tú. Tú te dijiste que tenías derecho a poseer a otras personas. Te dijiste que eran menos que tú, y creíste que unos grilletes lo demostrarían.
—Yo amaba a mis esclavos. Cuidé de ellos.
—Hay sitio de sobra para el sentimiento de culpa en el corazón del odio —respondió el guerrero.
—Este es mi regalo...
—Todo el mundo intenta hacerme regalos. Yo los rechazo todos. Crees que el tuyo es maravilloso. Que es generoso. No eres nada. Tu imperio es patético. Conocí perros callejeros que eran mejores tiranos que tú.
—¿Por qué me atormentas con esas palabras? Me estoy muriendo. Me has matado. Y, sin embargo, no te desprecio por ello. No, te convierto en mi heredero. Te doy mi reino. Mi ejército obedecerá tus órdenes. Ahora todo es tuyo.
—No lo quiero.
—Si no lo aceptas tú, se apoderará de él uno de mis oficiales.
—Este reino no puede existir sin esclavos. Tu ejército solo será una banda más de asaltantes, así que alguien los perseguirá y los destruirá. Y todo lo que intentaste construir quedará olvidado.
—Me torturas.
—Te cuento la verdad. Deja que tus oficiales vengan a matarme. Los destruiré a todos. Y dispersaré a tu ejército. Habrá sangre en la hierba.

Doblan por los mastines, de Steven Erikson

Karsa Orlong, por Brent Grooms

martes, 14 de agosto de 2018

Citas célebres (73): Memorias de hielo

—No tememos al cambio. No nos resistimos a él. Los barghastianos deben aceptar que es necesario el crecimiento, aunque duela. Deben aprender lo que los moranthianos aprendieron hace mucho tiempo, cuando no desenfundamos las espadas y en su lugar hablamos con los tiste edur, los nómadas de piel gris de los mares. Hablamos y descubrimos que estaban tan perdidos como nosotros, igual de cansados de la guerra e igual de listos para la paz.
—¿Los tiste edur?
—Los hijos de la senda Quebrada. Descubrieron un trozo en el inmenso bosque de Moranth que se convertiría en nuestra nueva tierra. Kurald Emurlahn, el verdadero rostro de la Sombra. Quedaban muy pocos tiste edur y decidimos aceptarlos. Los últimos ya han desaparecido del bosque moranthiano, hace mucho tiempo, pero su legado es lo que nos ha convertido en lo que somos.
—Conseguidor, puede que me lleve un tiempo encontrarle sentido a lo que acabas de describir. Tengo preguntas…
Torzal se encogió otra vez de hombros.
—No asesinamos a los tiste edur. A los ojos de los barghastianos, ese fue nuestro peor crimen. Me pregunto, sin embargo, si los espíritus ancestrales, ahora dioses, lo ven del mismo modo.
—Han tenido mucho tiempo para pensar —murmuró Paran—. A veces, eso es lo único que hace falta. El núcleo de la sabiduría es la tolerancia. Creo.


Memorias de hielo, Steven Erikson

Ganoes Paran, por BlazeMalefica

viernes, 3 de agosto de 2018

Citas célebres (72): Fall of Light


Existe ese viejo dicho, expresado como una obviedad, y pronunciarlo es confirmar su primacía: la justicia, decimos, es ciega. Con esto queremos decir que sus reglas desafían todos los aparentes privilegios de los ricos y los nobles. Loable, sin duda, si de las reglas de la justicia tenemos que forjar una civilización digna de ser considerada decente y justa. Incluso los niños pueden sentirse heridos frente a lo que perciben como injusto. A menos que, por supuesto, sean ellos los que se benefician. Y en ese momento de comprensión, de injusticia para el otro, que también es una recompensa del individualismo, ese niño se enfrenta, por primera vez, pero no por última, a la guerra interna que todos conocemos tan bien, entre el deseo egoísta y el bien común. Entre la injusticia, aferrada tan posesivamente en lo profundo del alma, y una justicia que ahora, de repente, se encuentra fuera de ese niño, como un severo enemigo.
Con suerte, la mirada de los demás forzará la sumisión sobre el niño, en nombre de la justicia, pero no os equivoquéis, de hecho es forzada. Arrancada de sus pequeñas manos, y luego indiferente a la furiosa impotencia del niño. Por lo tanto, en nuestra infancia aprendemos las lecciones de la fortaleza y la debilidad, y de la violencia entregada en nombre de la justicia. Y consideramos esto madurez.


Fall of Light (Trilogía de Kharkanas, 2), de Steven Erikson

viernes, 22 de septiembre de 2017

Citas célebres (71): Las puertas de la Casa de la Muerte


Mientras el cabo y el historiador cabalgaban hacia la nueva posición, Duiker reparó en que los tres veteranos permanecían acuclillados ante un camarada caído. Se apreciaba en sus mejillas cubiertas de polvo la huella de las lágrimas derramadas. Al llegar, el historiador desmontó lentamente.
—Aquí tenéis una historia, soldados —les dijo, modulando grave la voz para imponerse al estruendo y al griterío del combate que tenía lugar a treinta pasos al norte de ellos.
Uno de los veteranos levantó la mirada bizca.
—¡Si es el anciano historiador del Emperador, por la sonrisa torcida del Embozado! Te vi en Falar, o quizás en las llanuras wickanas…
—En ambas. Veo que habéis luchado por el estandarte. Perdisteis a un amigo en su defensa.
El hombre pestañeó de nuevo. Luego, miró a su alrededor hasta que encaró el estandarte del Séptimo. El asta se inclinaba a un lado, y la maltrecha tela lucía espectralmente descoloría por el sol.
—Por el aliento del Embozado —gruñó—. ¿Crees que hemos luchado por salvar una tela colgada de un palo? —Hizo un gesto para señalar el cadáver junto al que sus camaradas permanecían arrodillados—. Nordo encajó dos flechas. Nos enfrentamos a un pelotón de semk para que pudiera morir a su hora. Los hijos de perra de esa tribu se llevan a los heridos para mantenerlos con vida y poder torturarlos. Y no íbamos a permitir que a Nordo le pasara eso.
Duiker guardó un largo silencio.
—¿Es así como quieres que se narre la historia, soldado?
El hombre entornó aún más la mirada, antes de asentir.
—Así como la cuento, historiador. Ya no somos del ejército de Malaz. Ahora somos la hueste de Coltaine.
—Pero es un Puño.
—Es una sabandija de sangre fría —sonrió el hombre—. Pero es nuestra sabandija.


Las puertas de la Casa de la Muerte, Steven Erikson.

viernes, 4 de agosto de 2017

Citas célebres (70): Fall of Light


—Capitán —dijo Varandas—, has dirigido ejércitos, has visto campos de batalla. En tu pasado conociste las privaciones, los brutales juegos de la necesidad. Ganaste un trono, sólo para huir de él. Te levantaste triunfante sobre una montaña de cadáveres, sólo para arrodillarte rendido al siguiente amanecer. Perdiste todo en la victoria, y en la derrota ganaste tu libertad. De todos los que se unirían al Embozado, no te esperaba a ti.
—Vieja Varandas, es en esa misma maldición (mi pasado más marcial) donde se esconde la respuesta. Para el guerrero, la guerra es la bebida del borracho. Anhelamos que no termine nunca, buscando el entumecimiento de los horrores del pasado, pero cada vez el camino a seguir nos susurra sobre el paraíso. Pero ningún soldado es tan ciego como para creerlo. Es la insensibilidad lo que buscamos, la inmunidad a toda depravación, toda crueldad. La única pureza del paraíso al que podríamos marchar es la intemporalidad que promete. —Sacudió la cabeza.— Cuidado con las lujuriosas ambiciones de los viejos guerreros, es nuestra sed la que crea la política, y beberemos del caos una y otra vez.


Fall of Light (Trilogía de Kharkanas 2), Steven Erikson.
(Traducción propia)

viernes, 28 de julio de 2017

Citas célebres (69): Fall of Light


Necesidad. Los soldados atacan, pero atacan para defenderse. Los que se enfrentan a ellos se mantienen firmes, y lo hacen para defenderse también. Los enemigos están librando una guerra en defensa propia. Considera esto, te lo ruego. Considéralo largo y tendido. Escoge un crepúsculo fresco, con el aire tranquilo, con la humedad sobre el suelo. Aléjate de toda compañía y permanece solo, observando el sol moribundo, observando cómo el cielo nocturno se despierta por encima de ti y entrega tus pensamientos a la necesidad.
El cazador lo sabe. La presa lo sabe. Pero en un campo de batalla, cuando cada vida se tambalea en la balanza, donde la infancia, iniciada hace mucho tiempo, y los días de juventud han pasado repentinamente, todo te ha llevado, de forma imposible, loca, hasta este día. Esta lucha. Este miserable abismo de matanza y muerte. ¿Fue esta la causa que soñaron tu padre y tu madre para ti? ¿Fue esta la razón por la que te criaron, te protegieron, te alimentaron, te amaron?
¿Qué estás haciendo aquí, en nombre de todos los dioses de arriba y de abajo?
La necesidad, cuando se trata en el foro del esfuerzo humano, es la mayoría de las veces una mentira. Aquellos que han reclamado tu vida lo usarán a menudo, y sin embargo te mantendrán a distancia, negándote ese tiempo de contemplación, o, de hecho, de reconocimiento. Si vienes a ver la falsedad de su demanda, todo está perdido. Necesidad: la mentira escondida detrás de las verdaderas virtudes del coraje y el honor, te emborracharán con en esas palabras, y te mantendrán de esa manera, hasta que llegue el momento de que sangres por ellos.
El poeta que glorifica la guerra es un tejedor de mentiras. El poeta que se deleita en los detalles viscerales, con el único propósito de alimentar esa lujuria por la sangre, tiene toda la profundidad de un charco de orina en el suelo.
Oh, vaya, ya lo han hecho.


Fall of Light (Trilogía de Kharkanas, 2), Steven Erikson.
(Traducción propia)
Ilustración de Richard Anderson.

domingo, 18 de junio de 2017

Citas célebres (68): The Mirror Empire

"¿Logica? La gente no actúa basándose en la lógica. Tomamos decisiones basadas en las emociones. Todos y cada uno de nosotros. Luego usamos lo que llamamos lógica para justificar nuestras elecciones. La gente no hace cosas que tengan sentido".

The Mirror Empire (The Worldbreaker Saga, 1), de Kameron Hurley.
(Traducción propia).

miércoles, 14 de junio de 2017

Citas célebres (67): Los jardines de la Luna

—Baruk, como sabe cualquier comandante con experiencia, la traición adquiere vida propia. Basta con recurrir a ella una primera vez, contra aliado o enemigo, para que se convierta en una elección legítima para cualquiera que esté bajo tu mando, desde el soldado raso que busca un ascenso hasta tus propios edecanes, guardias u oficiales. Mi pueblo está al corriente de nuestra alianza, alquimista. Si fuera a traicionarte, no duraría mucho en Engendro de Luna. Y no me parecería injusto.
—¿Y quién iba a desafiar, tu poder, Rake? —sonrió Baruk.
—Caladan Brood, por ejemplo —respondió al punto el tiste andii—. Y luego están mis cuatro magos asesinos. Incluso Silanah, que mora en las cavernas de Luna, podría arroparse con el manto de la justicia para emprenderla contra mí. Se me ocurren más nombres, Baruk, muchos más.
—¿De modo que el miedo te mantiene en tu lugar, hijo de la Oscuridad?
—Ese título sólo lo emplean los estúpidos que me creen digno de veneración —replicó ceñudo Rake—. Me desagrada, Baruk, y no quiero volver a escucharlo salido de tu boca. ¿Que si el miedo me mantiene en mi lugar? No. Por más poderoso que sea el miedo, no tiene parangón con aquello que me empuja. El deber. —Los ojos del tiste andii habían adquirido un tono pardo, fijos aún en las manos, cuyas palmas miraban hacia arriba—. Tú tienes un deber para con tu ciudad, Baruk. Te empuja, te moldea. No soy ajeno a tales cosas. En el interior de Engendro de Luna se encuentran los últimos tiste andii de este mundo. Nos morimos, alquimista. Ninguna empresa parece lo bastante ambiciosa como para devolver a los míos las ganas de vivir. Lo intento, pero jamás la inspiración ha sido uno de mis fuertes. Ni siquiera este Imperio de Malaz podría empujarnos a defendernos a nosotros mismos, al menos mientras queden lugares a los que huir.
»Morimos en este continente. Mejor que sea por la espada. —Deslizó las manos del regazo—. Imagina que tu espíritu muere mientras tu cuerpo sigue con vida. No por espacio de diez años, ni de cincuenta. Sino un cuerpo que sigue con vida quince, veinte mil años…
Rake se levantó del sillón. Observó a un silencioso Baruk, a quien dedicó una sonrisa que le dolió en el alma al alquimista.
—De modo que es el deber lo que me empuja, un deber cuya esencia es el vacío. Es hueco. ¿Bastará para preservar a los tiste andii? ¿Preservarlos, simplemente? ¿Acaso elevo Engendro de Luna a los cielos, donde poder vivir lejos de todo riesgo y amenaza? Entonces, ¿qué es lo que preservo? Una historia, un particular punto de vista. —Se encogió de hombros—. La historia está escrita, Baruk, y el punto de vista de los tiste andii está lleno de desinterés, estoicismo y una desesperación silenciosa y vacía. ¿Vale la pena preservar para el mundo semejantes dádivas? Creo que no.
Baruk no sabía qué responder. Lo que había descrito Anomander Rake quedaba más allá de toda comprensión, aunque aquel angustioso desaliento había conmovido al alquimista.
—Y aun así —dijo—, aquí estás. Aliado de las víctimas del Imperio. ¿Estás solo en esto, Anomander Rake? ¿Aprueba tu pueblo lo que haces?
—No les importa —respondió Rake—. Aceptan mis órdenes. Me siguen. Sirven a Caladan Brood cuando les pido que lo hagan. Y mueren en el fango y en los bosques de una tierra que no les pertenece, en una guerra ajena, por un pueblo al que aterrorizan.
—Entonces, ¿por qué? ¿Por qué lo haces?
Rake respondió con una risotada ronca. Al cabo, sin embargo, desapareció su amarga diversión y dijo:
—¿Hay alguna causa noble que valga la pena defender en estos tiempos? ¿Tiene alguna importancia que la hayamos tomado prestada? Luchamos tan bien como cualquier hombre. Morimos a su lado. Somos mercenarios que en lugar de por dinero luchamos por el alma. Aun así, es una moneda que apenas valoramos. ¿Por qué? No importa por qué. Pero jamás traicionamos a nuestros aliados.


Los jardines de la Luna (Malaz, el Libro de los Caídos 1), Steven Erikson.



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sábado, 10 de junio de 2017

Citas célebres (66): Forge of Darkness

—No hay ninguna audacia en el uso de las armas —dijo Haut, y las pupilas verticales de sus ojos se estrecharon hasta convertirse en líneas más delgadas mientras estudiaba la colección esparcida sobre la maltratada y estropeada superficie de la mesa. —Cada una de las que ves aquí son solamente una variación. Lo que comparten es de mucha mayor importancia, Korya. Todas ellas son argumentos de hierro. 
Se giró hacia ella con su rostro anguloso y curtido, sus colmillos tenían el color de cuerno viejo a la escasa luz, el  tono verdoso de su piel le recordaba el verdín. 
—Tu evitarás conceptos tan obvios. Para ti, el acero es el lenguaje del fracaso.
Korya señaló las armas en la mesa. 
—Sin embargo, todas estas son tuyas, y por su desgaste, has discutido muchas veces, maestro.
—Y tuve la última palabra todas y cada una de las veces, sí. Pero, ¿de qué me ha servido? Más años se acumularon sobre mis espaldas, más días bajo el sol insensible y con el viento vacío en mi rostro. Más noches bajo las estrellas indiferentes. Más tumbas que visitar, más recuerdos que me persiguen. En mis sueños, Korya, he perdido el don del color. Durante largo tiempo, al pasar ante mis ojos el mundo está descolorido de toda la vida, y golpea mi alma con sombrías tinieblas grises.
—Entonces debo cansarte mucho, maestro.
El gruñó.
—Niña estúpida. Tu eres mi único resplandor.


Forge of Darkness (Trilogía de Kharkanas, 1), Steven Erikson.
(Traducción propia)


martes, 7 de junio de 2016

Citas célebres (65)

Cosca movió la cabeza con gran desánimo cuando el último soldado abandonó la fila con paso cansino, porque acababa de comprobar que la inaguantable cojera por la que había estado pidiendo una compensación se le había curado de manera milagrosa.
—¡Por los Hados, pensábamos que estarían contentos por la recompensa! ¡No han tenido que luchar para conseguirla! ¡Ni mucho menos robar por ella! Cuanto más le das a la gente, más quiere y menos contenta se siente. Nadie aprecia lo que se consigue sin esfuerzo. ¡La caridad es una peste! —dio una palmadita en el hombro al notario, haciendo que se le torciese la línea que intentaba escribir derecha. —Los mercenarios ya no son lo que eran —rezongó aquel hombre mientras tachaba con desgana.
—¿No? Pues a mí me parecen mucho más violentos y más sórdidos que nunca. Decir que las cosas ya no son como eran suele ser la excusa de una mente poco abierta. Cuando la gente dice que las cosas eran mejores, invariablemente quieren decir que eran mejores para ellos, porque eran jóvenes y mantenían intactas todas sus esperanzas. El mundo comienza a ser un lugar más oscuro a medida que uno comienza a deslizarse hacia la tumba.
—¿Acaso no seguimos siendo todos la misma persona? —preguntó el hombre de leyes mientras levantaba la cabeza con tristeza.
—Algunos mejoran y otros empeoran —Cosca suspiró profundamente—. Pero, a gran escala, no he observado cambios substanciales.


La mejor venganza, de Joe Abercrombie.

jueves, 31 de marzo de 2016

Citas célebres (64)

El cartel de la posada del Colgado de Gallera era justo eso: una pintura de un hombre colgado con los brazos atados a la espalda y la cabeza doblada en un ángulo enfermizo. La lluvia, que caía ya sin trabas, rozaba a Temple a ráfagas. El manto le colgaba pesado y frío de los hombros. Oyó las olas que rodaban hasta los pilotes que quedaban a solo unas calles de distancia mientras la bahía resplandecía a lo lejos como una extensión de la lluvia.
Las nubes todavía conservaban algo de la luz del día, pero la oscuridad cubría todo lo que estuviera a un simple tiro de piedra. La tarde se estaba convirtiendo en una noche que helaba los huesos y entumecía el espíritu. Temple estaba deseando deslizarse en su sitio habitual, a muy poca distancia de la enorme chimenea de la posada. También esperaba que Corinn se pasara por allí para poder preguntarle por las Lunas Sombrías y ese asunto de la profecía… aunque hacía casi una semana que no la veía y, a decir verdad, le preocupaba no saber si la volvería a ver. Había llegado él solo a unas cuantas conclusiones. Eso del «regreso» apestaba al culto que veneraba a Kellanved, el hombre que, junto con su compañero, Danzante, había fundado y levantado el Imperio. Los dos llevaban años desaparecidos. Algunos los creían muertos a los dos, otros decían que se habían desvanecido en una especie de encierro taumatúrgico.
Enfrente del Colgado, al otro lado del empedrado húmedo, se encorvaba el muro bajo de piedra de lo que se decía era el edificio más antiguo de la ciudad. Era una casa de piedra abandonada, demasiado desvencijada como para repararla. Temple nunca le había prestado demasiada atención, salvo que el cuento del viejo Rengel le recordó otra superstición local: la que decía que esa casa era anterior a la ciudad y que sus paredes en ruinas y sus habitaciones abandonadas siempre habían estado embrujadas.
Según los rumores, había sido allí donde Kellanved y Danzante, junto con otros que incluían a Dassem y la actual regente, Torva, habían vivido y tramado todo lo que siguió. Al mirarla en ese momento, una noche oscura y húmeda, con los miembros negros de los árboles muertos perfilados a su alrededor y los terrenos desnudos con aspecto de túmulos, sí que le pareció siniestra. Los vecinos preferían fingir que la casa no existía pero siempre que tenían que hacer referencia a ella, la llamaban la Casa de Muerte. Personalmente, Temple no podía creer que cualquier persona en su sano juicio hubiera podido vivir allí, lo que significaba que Kellanved y Danzante bien podrían haber mirado por sus ventanas rotas en otro tiempo. Se encogió de hombros y se dio la vuelta. Seguro que estaba embrujada. Para él, el Imperio entero estaba embrujado, en un sentido u otro.


La noche de los cuchillos, Ian C. Esslemont

miércoles, 2 de marzo de 2016

Citas célebres (63)

Laurel se tapó la boca y la nariz con la mano, y se quedó así. No desmontó. Lord Dorado parecía cansado y mareado, pero bajó de la yegua conmigo. Caminamos juntos entre los cadáveres y los inspeccionamos. Eran todos muchachos, con la edad exacta para embarcarse en semejante locura. Ayer por la tarde habían ensillado de un salto y habían partido al galope dispuesto a matar unos cuantos picazos. Ayer por la noche estaban muertos. Allí tendidos no parecían crueles ni sanguinarios, ni siquiera estúpidos. Tan solo sin vida.

La misión del bufón, de Robin Hobb
La misión del bufón, por John Howe.

miércoles, 20 de enero de 2016

Citas célebres (62)

-El misterio y el terror se ciernen sobre nosotros, Conan, y nos deslizamos hacia el reino del horror y la muerte -dijo ella-. ¿Tienes miedo?
Por toda respuesta, él encogió sus hombros cubiertos por la cota de malla.
-Yo tampoco tengo miedo -dijo ella con aire meditabundo-. Nunca he tenido miedo. He visto los oscuros colmillos de la Muerte demasiado a menudo. ¿Temes a los dioses, Conan?
-No pisaría su sombra -contestó el bárbaro con prudencia-. Algunos dioses usan su fuerza para herir, otros para auxiliar; al menos eso dicen sus sacerdotes. El Mitra de los hiborios debe ser un dios fuerte, porque su gente ha construido ciudades por todo el mundo. Pero incluso los hiborios temen a Set. Y Bel, el dios de los ladrones, es un buen dios. Supe de él siendo yo ladrón en Zamora.
-¿Qué hay de tus propios dioses? Nunca te he oído invocarlos.
-El principal es Crom. Habita una gran montaña. ¿De qué sirve invocarlo? Poco le importa si los hombres viven o mueren. Es mejor permanecer callado que llamar su atención; ¡te enviará desdichas, nunca buena suerte! Es sombrío y despiadado, pero insufla en el alma del hombre, al nacer, poder para luchar y matar. ¿Qué más pueden pedir los hombres a los dioses?
-Pero ¿qué hay de los mundos más allá del río de la muerte? -persistió ella.
-En el culto de mi gente no hay esperanza aquí o en el más allá -contestó Conan-. En este mundo, los hombres se esfuerzan y sufren en vano, y solo encuentran placer en la brillante locura de la batalla; muertos, sus almas entran en un reino gris y brumoso de nubes y vientos helados, donde vagan penosamente durante toda la eternidad.
Bêlit se estremeció.
-Aun siendo mala, la vida es mejor que tal destino. ¿No crees, Conan?
Él se encogió de hombros.
-He conocido muchos dioses. El que lo niega está tan ciego como el que confía demasiado en ellos. No busco nada del otro lado de la muerte. Puede que sea la negrura que aseveran los escépticos nemedios, o el reino de Crom de hielo y nubes, o las planicies nevadas y los salones abovedados del Valhalla de Nordheim. Ni lo sé, ni me importa. Déjame vivir intensamente mientras viva; déjame conocer los ricos jugos de la carne roja, el picor del vino en mi paladar, el caliente abrazo de los brazos blancos, la loca exultación de la batalla cuando las azules espadas arden y enrojece, y estaré contento. Que profesores y sacerdotes y filósofos se ocupen de las cuestiones de la realidad y la ilusión. Esto sé: si la vida es ilusión, entonces yo no soy sino ilusión, y siéndolo, la ilusión es real para mí. Vivo, ardo de vida, amo, mato y estoy contento.

La reina de la Costa Negra, de Robert E. Howard.
Conan, por Gary Gianni.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Citas célebres (61)

"En el camino encontré muchas cosas que me asombraron. Ya conocía a Tom Bombadil; pero nunca había estado en Bree. Me impresionó ver a Trancos sentado en un rincón de la posada y no sabía más que Frodo acerca de él. Las Minas de Moria habían sido nada más que un nombre; y mis oídos mortales jamás habían escuchado hablar de Lothlórien antes de llegar allí. Sabía que los Señores de los Caballos vivían muy lejos, pero el Bosque de Fangorn fue una aventura imprevista. Nunca había oído hablar de la Casa de Eorl ni de los Senescales de Gondor. Lo más inquietante de todo fue que nunca se me había revelado la existencia  de Saruman, y me sentí tan desconcertado como Frodo cuando Gandalf no apareció el 22 de septiembre."

Carta de J.R.R. Tolkien a W.H. Auden, 7 de Julio  de 1955.
J. R. R. Tollkien, por Donato Giancola.
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martes, 22 de septiembre de 2015

Citas célebres (60)

 ¡No les distraeré mucho tiempo, gritó Bilbo entre aplausos.  Los he reunido a todos con un propósito.  Algo en el tono de Bilbo impresionó entonces a los hobbits; se hizo casi el silencio.  Uno o dos Tuk alzaron las orejas.
    En realidad, con tres propósitos.  En primer lugar, para poder decirles lo mucho que los quiero y lo breves que son ciento once años entre hobbits tan maravillosos y admirables.
      Tremendo estallido de aprobación.
No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
      Esto fue inesperado y bastante difícil.  Se oyeron algunos aplausos aislados, pero la mayoría se quedó callada, tratando de descifrar las palabras de Bilbo y viendo si podía entenderlas como un cumplido.
El árbol de la fiesta (por Joe Gilronan)


El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Citas célebres (59)

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.
Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas. Comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río.
Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo. Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó... Bueno, ya veréis si al final ganó algo.
J. R. R.. Tolkien, por Donato Giancola.
El hobbit, de J. R. R. Tolkien.

martes, 11 de agosto de 2015

Citas célebres (58)

—¿Qué me has traído? —me preguntó, emocionada.
Sonreí.
—¿Y tú? ¿Qué me has traído? —bromeé.
Auri sonrió y alargó una mano. Vi brillar algo en su palma a la luz de la luna.
—Una llave —contestó con orgullo, y me la puso en la mano.
La cogí y noté su agradable peso.
—Es muy bonita —dije—. ¿Qué abre?
—La luna —respondió ella, muy seria.
—Ah, podría serme muy útil —dije examinándola.
—Eso mismo pensé yo. Así, si hay una puerta en la luna, podrás abrirla. —Se sentó en el tejado con las piernas cruzadas y me miró con una amplia sonrisa en los labios—. Aunque yo no fomentaría esa clase de comportamiento insensato.
Me puse en cuclillas y abrí el estuche del laúd.
—Te he traído un poco de pan. —Le di la hogaza de pan moreno envuelta en un paño—. Y una botella de agua.
—Esto también es muy bonito —dijo ella con gentileza. La botella parecía enorme en sus manos—. ¿Qué hay en el agua? —me preguntó al mismo tiempo que quitaba el tapón de corcho y miraba dentro.
—Flores —respondí—. Y el trozo de luna que no está en el cielo esta noche. Lo he metido también.
Auri miró hacia arriba.
—Yo ya mencioné la luna —dijo con un deje de reproche.
—Entonces, solo flores. Y el brillo del cuerpo de una libélula. Yo quería un trozo de luna, pero solo conseguí el brillo azul de una libélula.
Auri inclinó la botella y dio un sorbo de agua.
—Es maravillosa —dijo, apartando unos mechones de cabello que flotaban ante su cara.
Kvothe y Auri (por MartAiConan).


El nombre del viento, de Patrick Rothfuss.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Citas célebres (57)

Los miembros del Puente Cuatro guardaron silencio. Kaladin dejó de atender un instante al hombre confuso y herido y los miró.
—Kaladin —dijo Roca—. Sabes cómo nos han tratado las otras cuadrillas.
—No me importa —dijo Kaladin.
—No nos queda dinero —dijo Drehy—. Incluso estirando nuestros ingresos, apenas alcanza para las vendas necesarias a los nuestros.
—No me importa.
—Si cuidamos a los heridos de otras cuadrillas —insistió Drehy, sacudiendo la rubia cabeza—, tendremos que darles de comer, atenderlos...
—Encontraré un modo.
—Yo... —empezó a decir Roca.
—¡La tormenta os lleve! —exclamó Kaladin, poniéndose en pie. Extendió la mano para abarcar la meseta. Los cuerpos de los hombres de los puentes yacían esparcidos, ignorados—. ¡Mirad eso! ¿Quién se preocupa por ellos? Sadeas, no. Ni sus compañeros de cuadrilla. Dudo que incluso los Heraldos mismos les dediquen un pensamiento.
»No me quedaré aquí viendo hombres morir a mi espalda. ¡Tenemos que ser mejores que eso! No podemos apartar la mirada como los ojos claros, fingiendo que no vemos. Este hombre es uno de nosotros. Igual que lo era Dunny. Los ojos claros hablan de honor. Farfullan bravatas huecas sobre su nobleza. Bien, yo solo he conocido a una persona en mi vida que fuera un auténtico hombre de honor. Era un cirujano que ayudaba a cualquiera, incluso a aquellos que lo odiaban. Especialmente a aquellos que lo odiaban. Bien, vamos a enseñarle a Gaz, y a Sadeas, Hashal y cualquier otro necio inflado que sea capaz de mirar, lo que ese hombre me enseñó a mí. ¡Ahora poneos a trabajar y dejad de quejaros!

Las Llanuras Quebradas (fuente).

El camino de los reyes, de Brandon Sanderson.

viernes, 24 de julio de 2015

Citas célebres (56)

Kaladin (por zippo514).
—He visto el interior de un hombre hoy —dijo Kaladin por fin.
—No es la primera vez —contestó Lirin—, y no será la última. Me siento orgulloso de ti. Esperaba encontrarte aquí llorando, como sueles hacer cuando perdemos un paciente. Estás aprendiendo.
—Cuando digo que he visto el interior de un hombre, no me refiero a las heridas.
Lirin tardó un instante en responder.
—Comprendo.
—Lo habrías dejado morir si yo no hubiera estado allí, ¿verdad?
Silencio.
—¿Por qué no lo hiciste? ¡Habría resuelto tantas cosas!
—Dejarlo morir no habría sido. Habría sido asesinarlo.
—Podrías haberlo dejado desangrar, y decir luego que no pudiste salvarlo. Nadie te habría cuestionado. Podrías haberlo hecho.
—No —dijo Lirin, mirando la puesta de sol—. No, no podría.
—¿Pero por qué?
—Porque no soy un asesino, hijo.
Kaladin frunció el ceño.
Lirin tenía una expresión distante en los ojos.
—Alguien tiene que empezar. Alguien tiene que dar un paso al frente y hacer lo que es justo, porque es justo. Si nadie empieza, los demás no pueden seguirlo. Los ojos claros hacen todo lo posible por matarse, y por matarnos. Los otros aún no han traído de vuelta a Alds y Milp. Roshone los dejó allí.
Alds y Milp, dos hombres del pueblo, habían ido a la cacería pero no habían regresado con el grupo que trajo a los dos ojos claros heridos. Roshone estaba tan preocupado por Rillir que los abandonó para poder viajar rápido.
—A los ojos claros no les preocupa la vida —dijo Lirin—. Así que debo hacerlo yo. Es otro motivo por el que no pude dejarlo morir, aunque tú no hubieras estado delante. Mirarte me dio fuerzas.
—Ojalá no hubiera sido así —dijo Kaladin.
—No debes decir esas cosas.
—¿Por qué no?
—Porque no, hijo. Tenemos que ser mejores que ellos.

El camino de los reyes, de Brandon Sanderson.

sábado, 18 de julio de 2015

Citas célebres (55)

—No puedo salvarlos, Syl —susurró Kaladin, lleno de angustia.
—¿Estás seguro?
—He fracasado siempre antes.
—¿Y por eso fracasarás esta vez también?
—Sí.
Ella guardó silencio.
—Muy bien —dijo al cabo de un rato—. Pongamos que tienes razón.
—¿Entonces por qué luchar? Me dije a mí mismo que lo intentaría una última vez. Pero fracasé antes de empezar. No se les puede salvar.
—¿La lucha en sí misma no significa nada?
—No si estás destinado a morir —agachó la cabeza.
Las palabras de Sigzil resonaban en su mente. «Vida antes que muerte. Fuerza antes que debilidad. Viaje antes que destino.» Kaladin miró la rendija de cielo. Como un río lejano de agua pura y azul.
Vida antes que muerte.
¿Qué significaba el dicho? ¿Que los hombres deberían buscar la vida antes que buscar la muerte? Eso era obvio. ¿O significaba otra cosa? ¿Que la vida venía antes que la muerte? Una vez más, obvio. Y sin embargo las palabras sencillas le hablaban. La muerte viene, susurraban. La muerte les viene a todos. Pero la vida viene primero. Saboréala.
La muerte es el destino. Pero el viaje, eso es la vida. Eso es lo que importa.
Un frío viento sopló por el pasillo de piedra, barriéndolo, trayendo olores frescos y despejados y llevándose el hedor de los cadáveres putrefactos.
Nadie se preocupaba por los hombres de los puentes. A nadie le importaban los que estaban en el fondo, con los ojos más oscuros. Y sin embargo, aquel viento parecía susurrarle una y otra vez «Vida antes que muerte. Fuerza antes que debilidad. Viaje antes que destino».
Su pie golpeó algo. Se agachó a recogerlo. Una roca pequeña. Apenas visible en la oscuridad. Reconocía lo que le estaba pasando, esta melancolía, esta sensación dedesesperación. Le había sucedido a menudo cuando era más joven, sobre todo durante las semanas del Llanto, cuando el cielo quedaba oculto por las nubes. Durante esos momentos, Tien lo animaba, lo ayudaba a salir de la desesperación. Tien siempre había podido hacer eso.
Cuando perdió a su hermano, se enfrentó peor a esos períodos de tristeza. Se convirtió en el despojo, sin preocuparse, pero tampoco sin desesperarse. Le parecía mejor no sentir nada antes que sentir dolor.
«Voy a fallarles —pensó, cerrando los ojos—. ¿Por qué intentarlo?»
¿No era un necio por querer resistir como lo hacía? Si tan solo pudiera ganar una vez... Eso sería suficiente. Mientras pudiera creer que era capaz de ayudar a alguien, mientras creyera que algunos caminos conducían a lugares distintos de la oscuridad, podía sentir esperanza.
«Te prometiste que lo intentarías una última vez —pensó—. Todavía no están muertos.»
«Todavía viven. Por ahora.»
Había una cosa que no había intentado. Algo que lo asustaba demasiado. Cada vez que lo había intentado en el pasado, lo había perdido todo.
El despojo parecía estar plantado allí delante. Significaba liberación. Apatía. ¿De verdad quería Kaladin volver a eso? Era un refugio falso. Ser ese hombre no lo había protegido. Solo lo había hundido más y más hasta que quitarse la vida pareció el mejor camino.
«Vida antes que muerte.»
Kaladin se levantó, abrió los ojos y dejó caer la piedra. Caminó lentamente hacia la luz de las antorchas. Los hombres alzaron la cabeza. Tantas miradas de interrogación. Algunas dubitativas, otras sombrías, otras animosas. Roca, Dunny, Hobber, Leyten. Creían en él. Había sobrevivido a las tormentas. Un milagro.
—Hay algo que podríamos intentar —dijo—. Pero lo más probable es que acabemos todos muertos a manos de nuestro propio ejército.
—Vamos a morir de todas formas —recalcó Mapas—. Tú mismo lo dijiste.
Varios hombres asintieron.
Kaladin inspiró profundamente.
—Tenemos que intentar escapar.

Kaladin y Syl (por Dixon Leavitt).
El camino de los reyes, de Brandon Sanderson.