
Ayer colgaba el nuevo capítulo de
Vientos de invierno que ha visto la luz en EE. UU., y hoy os dejo la traducción del mismo (realizada por la gente de
Los Siete Reinos). Como ya comenté es el segundo POV de Tyrion y hasta ahora solo teníamos del mismo un resumen, así que ya podemos disfrutar de el en toda su extensión.
TYRION
En algún lugar a lo lejos, un hombre muriéndose
estaba acordándose de su madre. “¡A los caballos!”, exclamaba el hombre en
Ghiscari, en el campamento más cercano al norte del de los Segundos Hijos. -¡A
los caballos! ¡A los caballos!-. Alta y estridente, su voz venía desde lejos
gracias al aire de la mañana, desde más allá de su propio campamento. Tyrion
sabía el Ghiscari suficiente para entenderlo, pero el miedo en su voz habría
sido evidente en cualquier lengua. Sé
cómo se siente.
Era la hora de encontrar su propio caballo, lo
sabía. Tiempo para ponerse la armadura de algún hombre muerto, abrocharse al
cinturón una espada y una daga, y dejar caer su yelmo sobre su cabeza. Había
llegado la mañana y una miaja del sol naciente asomaba detrás de los muros y
torres de la ciudad, cegadoramente brillante. Hacia el oeste las estrellas se
iban apagando, una tras otra. Sonaban las trompetas entre los del Skahazadhan,
respondían los cuernos desde los muros de Meereen. Un barco se estaba hundiendo
en la boca del río, en llamas. Hombres muertos y dragones se movían por el
cielo, mientras barcos de guerra chocaban en la Bahía de los Esclavos. Tyrion
no les podía ver desde ahí, pero podía oír las voces: los choques de casco
contra casco mientras los barcos se golpeaban, los profundos sonidos de los
cuernos de los Hijos del Hierro y los extraños silbidos de los de Qarth, el
batir de los remos, los gritos de batalla, el impacto de las hachas en las
armaduras, espada contra escudo, todos mezclados con los lamentos de los
hombres heridos. Muchos de los barcos estaban aún lejos de la bahía, así que
sus sonidos parecían desvanecerse lejos, pero sabía que todos eran iguales. La
música de la matanza.
A trescientas yardas de donde se encontraba se
alzaba la Hermana Malvada, con su largo
brazo lanzando un puñado de cadáveres – CHUNK ¡PUM! – y allí volaban, desnudos
e inflados, pájaros pálidos muertos dando vueltas como si no tuvieran huesos a
través del aire. Los campamentos de asedio resplandecían con un aura chillón de
rosa y oro, pero las famosas pirámides de Meereen destacaban negras a través
del brillo. Algo se estaba moviendo sobre una de ellas, pudo ver. Un dragón,
¿pero cuál? A esta distancia, podría fácilmente haber sido un águila. Un águila
muy grande.
Tras días escondido dentro de las rancias tiendas
de los Segundos Hijos, el aire exterior olía fresco y claro. Aunque no podía
ver la bahía desde donde él estaba, el gusto a sal le indicaba que estaba
cerca. Tyrion llenó sus pulmones de él. Un buen día para una batalla. Desde el
Este el sonido de tambores llegaba a través de la abrasada llanura. Una columna
de hombres montados se destacaron tras La Bruja, portando los estandartes de
Los Hijos del Viento.
Un hombre más joven lo habría encontrado excitante.
Un hombre más estúpido pensaría que era grandioso y glorioso, justo antes de
que algún horrendo soldado esclavo yunkio con anillos en sus pezones
plantara un hacha entre sus ojos. Tyrion Lannister lo sabía mejor- Los dioses
no me crearon para llevar una espada-
pensó- entonces, ¿por qué siguen poniéndome en el medio de batallas?
Nadie le escuchó. Nadie le respondió. A nadie le
importaba.
Tyrion se encontró pensando en la que fue su
primera batalla. Shae había sido la primera en despertarse, debido a las
trompetas de su padre. La dulce ramera que le había complacido durante media
noche estaba temblando en sus manos, como un niño asustado. -O había sido todo
eso también mentira, una estrategia para hacerme sentir bravo y brillante? Vaya máscara debería estar llevando-. Cuando
Tyrion había llamado a Podrick Payne para que le ayudara con su armadura, se
encontró al niño dormido y roncando. -No era el chico más ágil que he conocido,
pero al final era un escudero decente. Espero que encuentre un hombre mejor a
quien servir.
Era extraño, pero Tyrion recordaba el Forca Verde mucho
mejor que Aguasnegras. -Fue mi primera. Tú nunca olvidas la primera-. Recordaba
la niebla arrastrándose desde el río, avanzando sobre las cañas como pálidos
dedos blancos. Y la belleza de ese amanecer, también lo recordaba: las
estrellas cubrían un cielo púrpura, la hierba centelleando como espejos por el
rocío de la mañana, un esplendor rojo en el este. Recordaba el toque de los
dedos de Shae mientras ella ayudaba a Pod con la desemparejada armadura de
Tyrion. -Ese maldito yelmo. Como un cubo con una púa-. Esa púa le había
salvado, pensó, le había hecho ganar su primera batalla, pero Groat y Penny
nunca debieron parecer ni la mitad de ridículos que como él debía lucir aquel
día. Shae le había llamado “temible” cuando le vio en su armadura, recordó.
-¿Cómo pude haber sido tan ciego, tan sordo, tan estúpido? Debería haber sabido
hacer algo mejor que pensar con mi polla.
Los Segundos Hijos estaban ensillando sus caballos.
Lo hicieron de forma calmada, sin prisas, de manera eficiente: no era nada que
no hubieran hecho cien veces antes. Algunos estaban pasando un pellejo de mano,
aunque no sabía decir si era vino o agua. Bokkoko estaba besando a su amante sin
complejos, sobando las nalgas del chico con una de sus grandes manos, la otra
enredada en su pelo. Tras ellos, Ser Gribald estaba cepillando la melena de su
gran caballo. Kem estaba sentado en una roca, mirando la tierra… recordando a
su hermano muerto, quizás, o soñando con su amigo en Desembarco del Rey.
Martillo y Clavo se movían entre los hombres,
comprobando espadas y lanzas, ajustando armaduras, afilando las
cuchillas que lo necesitaban. Snatch masticaba una hoja, haciendo bromas y
rascando sus bolas con su mano con un garfio. Algo sobre sus maneras le
recordaba a Tyrion a Bronn. -Ser Bronn de Aguasnegras ahora, salvo que mi
hermana le haya matado. Eso no sería tan fácil como ella podría pensar-. Se
preguntó cuántas batallas habrían luchado estos Segundos Hijos. -¿Cuántas
escaramuzas, cuantas incursiones? ¿Cuántas ciudades han asediado, cuantos
hermanos han enterrado o dejado atrás pudriéndose?-. Comparado con ellos,
Tyrion era un chico aún verde, sin probar, aunque había contado más años que la
mitad de la compañía.
Esta sería su tercera batalla. -Maduro y
determinado, estampado y sellado, un guerrero probado, eso soy yo. He matado
algunos hombres y herido a otros, he recibido yo mismo heridas y vivido para
contarlo. He liderado cargas, oído a hombres gritar mi nombre, cortar a hombres
más grandes y mejores, incluso saborear un poco de gloria… ¿y no era ese un
rico vino para los héroes, y no querría yo probarlo de nuevo?-. A pesar de todo
lo que había hecho y visto, el prospecto de otra nueva batalla le hacía que se
le helara la sangre. Había viajado por medio mundo a través de palanquines,
barcos y cerdos, había navegado en barcos esclavistas y galeones comerciales,
había montado putas y caballos, mientras se decía todo el tiempo que no le
importaba vivir o morir… solo para darse cuenta que al final le importaba
bastante.
El Extraño había cabalgado su yegua pálida y estaba
cabalgando hacia ellos con la espada en la mano, pero a Tyrion Lannister no le
importaba encontrarse con él de nuevo.
No ahora. No todavía. No hoy. -Qué fraude eres, Gnomo. Dejaste que un centenar
de guardias violaran a tu esposa, disparaste a tu propio padre con una saeta,
apretaste una cadena dorada sobre la garganta de tu amante hasta que su cara se
puso negra, y aún así piensas que mereces vivir.
Penny ya tenía puesta su armadura cuando Tyrion
entró en la tienda que compartían. Ella se había puesto armaduras de madera
durante años para su espectáculo; las armaduras verdaderas de malla y metal no
eran tan distintas una vez que has dominado todas los cierres y hebillas. Y si
el acero de la compañía esta destintado aquí y oxidado allá, arañado, manchado
y descolorado, no importaba. Aún debería ser lo suficientemente bueno como para
detener a una espada.
La única parte que no se había puesto era el casco.
Cuando entró, ella le miró:
-Todavía no te has puesto la armadura. ¿Qué está
pasando?
-Lo habitual. Barro, sangre y heroísmo, matanzas y
muertes. Hay una batalla luchándose en la bahía, otra bajo los muros de la
ciudad. Adónde quiera que giren los Yunkios, tienen un enemigo detrás . Lo
batalla más cercana aún está lejos de nosotros, pero estará aquí pronto. En un
lado o en el otro.
Los Segundos Hijos estaban listos para otro cambio
de maestros, Tyrion estaba casi seguro de ello… aunque había un abismo entre
“seguro” y “casi seguro”. -Si he malinterpretado a mi hombre, estamos
perdidos-.
-Ponte el casco y asegúrate de que los cierres
estén enganchados. Me quité el mío una vez para no ahogarme y me costó la
nariz-. Tyrion se señaló a su cicatriz.
-Necesitamos que te pongas tu armadura primero.
-Si quieres, el coleto primero. El cuero, con los
tacos de hierro. La malla anillada después, al final la gola-. Miró la tienda.
-¿Hay vino?
-No.
-Teníamos media garrafa que nos sobró de la cena.
-Era un cuarto y te la bebiste.
Suspiró. -Vendería a mi hermana por una copa de
vino.
-Venderías a tu hermana por una copa de orín de
caballo.
Fue tan inesperado que le hizo reír. -¿Es mi gusto
por el orín de caballo tan conocido o es que has conocido a mi hermana?
-Sólo la vi aquella vez, cuando hicimos justas por
el niño rey. Groat pensó que era hermosa.
-Groat era un deforme y pequeño parásito con un
nombre estúpido-. Solo un necio cabalga a la batalla sobrio. -Plumm tendrá algo
de vino. ¿Qué pasará si muere en la batalla? Sería una pena desperdiciarlo.
-Sujeta tu lengua. Tengo que abrocharte esta
hebilla.