jueves, 5 de septiembre de 2019

Segundo capítulo de Un poco de odio

El regreso de Joe Abercrombie a su brutal y cínico Círculo del mundo está cada vez más cerca. Este septiembre llegará a las librerías A Little Hatred, la novela que inicia su nueva trilogía The Age of Madness, ambientada unos treinta años después de la trilogía original de La Primera Ley. Como ya os he adelantado en exclusiva el sello Runas pretende publicar en español el libro hacia finales de febrero o principios de marzo de 2020 con el título de Un poco de odio. [Tenéis un artículo con todo lo que sabemos sobre la trama y los personajes de la novela y la nueva trilogía en esta entrada del blog]
Mientras aguardamos la publicación de esta esperada novela, al menos podemos disfrutar de algunos adelantos del libro que están viendo la luz unos días antes de su publicación en inglés. Si el otro día os dejé la traducción del capítulo de inicio de Un poco de odio, hoy os traigo la traducción del segundo capítulo de la novela (que podéis encontrar en inglés en la web de Barnes & Nobles). En esta ocasión podemos conocer a otro de los nuevos protagonistas de la trilogía de la Era de la Locura: Leo dan Brock.

Mapa del Círculo del mundo, por Existentialbum

EN LO MÁS ENCARNIZADO DE LA BATALLA
En la batalla, solía decir el padre de Leo, un hombre descubre quién es realmente.
Los hombres del norte ya se estaban volviendo para correr cuando su caballo chocó contra ellos con una sacudida sensacional.
Con toda la fuerza de la carga golpeó a uno en la parte posterior del casco y medio le arrancó la cabeza.
Gruñó mientras giraba hacia el otro lado. Un atisbo de una cara boquiabierta antes de que su hacha la abriera, salpicando sangre en chorros negros.
Otros jinetes irrumpieron entre los hombres del norte, apartándolos como muñecas rotas. Vio un caballo al que le atravesaron el cráneo con una lanza. El jinete dio una voltereta cuando lo arrojaron de la silla.
Una lanza se hizo añicos, un fragmento voló contra el casco de Leo con un sonido metálico mientras se alejaba. El mundo era una rendija temblorosa de rostros retorcidos, acero brillante, cuerpos agitados, medio vistos a través de la ranura de su visor. Gritos de hombres, monturas y metal se unieron en un estruendo que aplastaba los pensamientos.
Un caballo se apartó delante de él. Sin jinete, los estribos aleteando. El caballo de Ritter. Lo sabía por la gualdrapa amarilla. Una lanza le golpeó, sacudiendo el escudo en su brazo, meciéndolo en su silla. La punta rechinó a lo largo de su muslo blindado.
Agarró las riendas con la mano del escudo cuando su montura se sacudió y resopló, con el rostro petrificado en una sonrisa dolorida, agitando salvajemente su hacha a un lado y luego al otro. Golpeó sin pensar en un escudo con un lobo negro pintado sobre él, pateó a un hombre y lo envió tambaleándose hacia atrás, luego la espada de Barniva brilló mientras le cortaba el brazo.
Vio a Jin Aguablanca agitando su maza, con el pelo rojo enredado entre los dientes apretados. Un poco más allá de él, Antaup estaba gritando algo mientras trataba de retorcer su lanza para liberarla de la sangrienta cota de malla. Glaward luchaba con un Carl, ambos sin armas, enredados con las riendas. Leo atacó al hombre del norte y le rompió el codo, volvió a darle otro tajo y lo mandó al suelo.
Señaló el estandarte de Stour Anochecer con su hacha, el lobo negro flotando al viento. Aulló, rugió, con la garganta ronca. Nadie podía escucharlo con la visera bajada. Nadie podría haberlo escuchado ni aunque la hubiera tenido levantada. Apenas sabía lo que estaba diciendo. En cambio, golpeó con furia los cuerpos machacados.
Alguien se aferró a su pierna. Pelo rizado. Pecoso. Parecía jodidamente aterrorizado. Todos lo estaban. No parecía llevar un arma. Quizás se rendía. Leo golpeó a Pecoso en la parte superior de la cabeza con el borde del escudo, picó espuelas a su caballo y lo pisoteó en el barro.
Este no era lugar para las buenas intenciones. No era sitio para tediosas sutilezas o aburridas réplicas. Ningún lugar para la crítica de su madre sobre la paciencia y la precaución. Todo era maravillosamente simple.
En la batalla, un hombre descubre quién es realmente, y Leo era el héroe que siempre había soñado ser.
Volvió a balancear su hacha pero la notó extraña. La hoja había salido volando, dejándole en la mano un puto palo. Lo soltó, desenvainó su acero de batalla, sus ágiles dedos torpes dentro del guantelete, la empuñadura resbaladiza por la abundante lluvia. Se dio cuenta de que el hombre al que había estado golpeando estaba muerto. Se había caído contra la cerca, por lo que parecía que estaba de pie, pero una pulpa negra colgaba de su cráneo roto, así que eso fue todo.
Los hombres del norte se estaban desmoronando. Corriendo, chillando, atacados por detrás, y Leo los condujo hacia su estandarte. Tres jinetes tenían a toda una multitud atrapada en una puerta de entrada, Barniva en medio de ellos, la cara llena de cicatrices salpicada de sangre mientras lanzaba tajos con su pesada espada.
El portaestandartes era un hombre enorme con mirada desesperada y sangre en la barba, que aún sostenía en alto la bandera del lobo negro. Leo espoleó en su dirección, bloqueó el hacha con el escudo, lo alcanzó con un tajo de espada que chirrió sobre su protector de mejillas y le abrió una gran herida en la cara, amputando la mitad de la nariz. Se tambaleó hacia atrás y Jin Aguablanca aplastó el casco del hombre con su maza, y la sangre le chorreó por debajo del borde. Leo lo pateó, arrancando el estandarte de su mano inerte mientras caía. Lo levantó, riendo, gorgoteando, a punto de ahogarse con su propia saliva y luego riendo de nuevo, la atadura de su hacha todavía envolviendo su muñeca, por lo que el mango roto golpeó contra su casco.
¿Habían ganado? Miró a su alrededor en busca de más enemigos. Algunas figuras desordenadas corrían a través de los campos de cultivo en dirección a los distantes árboles. Corriendo por sus vidas, las armas abandonadas. Eso fue todo.
A Leo le dolía todo: los muslos por sujetar a su caballo, los hombros por zarandear su hacha, las manos por agarrar las riendas. Las mismas plantas de los pies le palpitaban por el esfuerzo. Su pecho se agitaba, el aliento retumbaba en su casco, húmedo y caliente, y sabía a sal. Podía haberse mordido la lengua en alguna parte. Buscó a tientes la hebilla debajo de la barbilla, hasta que finalmente liberó la maldita cosa. Su cráneo estalló con el estruendo, pasando de la furia al deleite. El clamor de la victoria.
Casi cayó de su caballo, y trepó al muro. Había algo era suave bajo su mano enguantada. El cadáver de un hombre del norte, una lanza rota sobresaliendo por su espalda. Todo lo que sintió fue una alegría vertiginosa.
Sin cadáveres no hay gloria, después de todo. Ya puestos también podría sentir lástima por las peladuras de una zanahoria. Alguien lo estaba ayudando a levantarse, dándole una mano firme. Jurand. Siempre allí cuando lo necesitaba. Leo se puso de pie, los rostros jubilosos de sus hombres se volvieron hacia él.
—¡El Joven León! —rugió Glaward, trepando a su lado y palmeando con fuerza sobre su hombro, haciéndolo tambalearse. Jurand lo envolvió con los brazos para agarrarlo, pero no se cayó—.¡Leo dan Brock!
Pronto todos gritaban su nombre, cantándolo como una oración, como una palabra mágica y apuñalaban con sus brillante armas el lluvioso cielo.
—¡Leo! ¡Leo! ¡Leo!
En la batalla, un hombre descubre quién es realmente.
Se sintió borracho. Se sintió en llamas. Se sintió como un rey. Se sintió como un dios. ¡Para eso estaba hecho!
—¡Victoria! —rugió, agitando su ensangrentada espada y el jodido estandarte de los hombres del norte.
Por los muertos, ¿podría haber algo mejor que esto?



En la tienda de la gobernadora, se estaba luchando un tipo diferente de guerra. Una guerra de estudio paciente y cálculo cuidadoso, de probabilidades ponderadas y cejas fruncidas, de líneas de suministro y una terrible cantidad de mapas. Una especie de guerra para la que Leo, francamente, no tenía paciencia.
El gozo de la victoria había sido ahogado por la lluvia cada vez más fuerte en el largo camino desde el valle, empapado aún más por el dolor persistente de una docena de cortes y contusiones, y fue casi completamente asfixiado por la mirada fría que su madre le dirigió mientras Leo atravesaba la solapa cortina de la entrada con Jurand y Jin Aguablanca a sus espaldas.
Estaba en medio de una charla con un caballero heraldo. Ridículamente alto, tuvo que inclinarse respetuosamente para atenderla.
—...dígale a Su Majestad que estamos haciendo todo lo posible para controlar el avance de los hombres del norte, pero Uffrith está perdida y estamos cediendo terreno. Atacaron con una fuerza abrumadora por tres puntos y todavía estamos reuniendo a nuestras tropas. Pídele... no, ruégale que envíe refuerzos.
—Lo haré, gobernadora—. El caballero heraldo asintió con la cabeza a Leo cuando pasó—. Mis felicitaciones por su victoria, Lord Brock.
—¡No necesitamos la jodida ayuda del rey!—, espetó Leo tan pronto como  cayó la solapa—.¡Podemos vencer a los perros de Calder el Negro!
Su voz sonaba extrañamente débil en la tienda, amortiguada por la tela mojada. No la transportaba tan bien como en el campo de batalla.
—Um—. Su madre plantó sus puños sobre la mesa y frunció el ceño ante sus mapas. Por los muertos, a veces pensaba que amaba más a esos mapas que a él—. Si vamos a luchar las batallas del rey, debemos esperar la ayuda del rey
—¡Deberías haberlos visto correr!— Maldita sea,  Leo había estado tan seguro de sí mismo hacía unos momentos. Podía cargar contra una línea de Carls sin vacilar, pero una mujer con un cuello largo y el cabello canoso le quitaba todo el coraje—. ¡Se quebraron incluso antes de que los alcanzáramos! Tomamos unas pocas docenas de prisioneros... —Miró hacia Jurand, pero ahora le devolvía a Leo esa mirada dudosa, la que usaba cuando no aprobaba, la que le había dado antes de la carga—. Y la granja está de vuelta en nuestras manos... y...
Su madre lo dejó tartamudear en silencio antes de mirar a sus amigos.
—Gracias, Jurand. Estoy segura de que hiciste lo mejor que pudiste para convencerlo. Y tú, Aguablanca. Mi hijo no podía pedir mejores amigos o guerreros más valientes.
Jin le dio una fuerte palmada en el hombro a Leo.
—Fue Leo quien dirigió la...
—Puedes irte.
Jin se rascó tímidamente la barba, mostrando mucho menos temple de guerrero que en el valle. Jurand le dio a Leo un mínimo gesto de disculpa.
—Por supuesto, Lady Finree.
Y se escabulleron de la tienda, dejando a Leo toqueteando débilmente el borde de su estandarte capturado.
Su madre dejó que el silencio fulminante se prolongara un momento más antes de emitir un juicio.
—Maldito tonto.
Sabía que iba a llegar, pero aún así dolía.
—¿Porque tuve que luchar?
—Por cuándo elegiste luchar y cómo.
—¡Los grandes líderes van donde la batalla es más encarnizada!
 Pero sabía que sonaba como los héroes de los mal escritos libros que amaba.
—¿Sabes a quién más encuentras en lo más encarnizado de la batalla?—, preguntó su madre—. Los muertos. Los dos sabemos que no eres tonto, Leo. ¿En beneficio de quién finges ser uno? —Ella sacudió la cabeza con cansancio—. Nunca debí dejar que tu padre te enviara a vivir con el Sabueso. Todo lo que aprendiste en Uffrith fue temeridad, malas canciones y una admiración infantil por los asesinos. Debería haberte enviado a Adua en su lugar. Dudo que cantaras mejor, pero al menos podrías haber aprendido algo de sutileza.
—¡Hay un tiempo para la sutileza y un tiempo para la acción!
—Nunca hay un momento para la imprudencia, Leo. O para la vanidad.
—¡Maldita sea, ganamos!
—¿Ganar qué? ¿Una granja sin valor en un valle sin valor? Eso era poco más que una partida de exploración, y ahora el enemigo adivinará nuestra fuerza. —Soltó un resoplido amargo mientras volvía a sus mapas—. O nuestra falta de ella.
—Capturé un estandarte.
Parecía algo lamentable ahora que realmente lo miraba, torpemente cosido, el poste más cerca de una rama que de un asta de bandera. ¿Cómo podía haber pensado que Stour Anochecer podía cabalgar debajo de él?
—Tenemos banderas de sobra—, dijo su madre—. Nos faltan hombres para seguirlas. ¿Tal vez podrías traer algunos regimientos de esos la próxima vez?
—Maldita sea, madre, no sé cómo complacerte...
—Escucha lo que te dicen. Aprende de los que saben más. Sé valiente, por supuesto, pero no seas imprudente. Por encima de todo, ¡no te hagas matar! Siempre has sabido exactamente cómo complacerme, Leo, pero prefieres complacerte a ti mismo.
—¡No puedes entenderlo! No eres... —Agitó una mano impaciente, fallando, como siempre, para encontrar las palabras adecuadas—. ...un hombre—, terminó sin convicción.
Ella alzó una ceja.
—Si tuviera alguna duda sobre ese punto, se acabó cuando te eché de mi vientre. ¿Tienes alguna idea de cuánto pesabas cuando eras un bebé? Pasa dos días cagando un yunque y volveremos a hablar.
—¡Maldita sea, madre! Quiero decir que los hombres admiraran a cierto tipo de hombre y...
—¿Como te admira tu amigo Ritter?
Leo quedó atrapado por el recuerdo de aquel caballo sin jinete que pasaba ruidosamente. Se dio cuenta de que no había visto la cara de Ritter entre sus amigos cuando celebraban. Se dio cuenta de que ni siquiera había pensado en eso hasta ahora.
—Conocía los riesgos —gruñó, repentinamente ahogado por la preocupación—. El escogió luchar. ¡Estaba orgulloso de pelear!
—Lo estaba. Porque tienes ese fuego en ti que inspira a los hombres a seguirte. Tu padre también lo tenía. Pero con ese regalo viene una responsabilidad. Los hombres ponen sus vidas en tus manos.
Leo tragó saliva, el orgullo se licuó para dejar atrás una vergonzosa culpa mientras la nieve virgen se derretía mostrando un mundo podrido y desaliñado.
—Debería ir a verlo—. Se volvió hacia la solapa de la tienda, casi tropezando con la correa suelta de uno de sus grebas—. ¿Está... con los heridos?
La cara de su madre se había suavizado. Eso lo preocupaba más que nunca.
—Está con los muertos, Leo.
Hubo un largo y extraño silencio, y afuera el viento sopló e hizo que el lienzo de la tienda se agitara y susurrara.
—Lo siento.
Sin cadáveres no hay gloria. Se dejó caer sobre una silla plegable de campo, el estandarte capturado traqueteó contra el suelo.
—Dijo que deberíamos esperar por ti—, murmuró, recordando la cara preocupada de Ritter mientras miraba hacia el valle—. También Jurand. Les dije que podían quedarse con las damas... mientras nosotros nos ocupábamos de la lucha.
—Hiciste lo que creías que era correcto—, murmuró su madre—. En el calor del momento.
—Tiene una esposa...— Leo recordó la boda. ¿Cómo demonios se llamaba? Una con la barbilla débil. El novio había lucido más guapo. La feliz pareja había bailado mal, y Jin Aguablanca había gritado en norteño que esperaba por su bien que Ritter follara mejor de lo que bailaba. Leo se había reído hasta casi las nauseas. No tenía ganas de reír ahora. De tener nauseas, sí—. Por los muertos... tiene un hijo.
—Les escribiré.
—¿De qué sirve una carta?— Sintió el escozor de las lágrimas en la parte posterior de su nariz.— ¡Les daré mi casa! ¡En Ostenhorm!
—¿Estás seguro?
—¿Para qué necesito una casa? Paso todo el tiempo en la silla de montar.
—Tienes un gran corazón, Leo—. Su madre se agachó delante de él—. Demasiado grande, creo a veces.
Sus pálidas manos parecían diminutas en sus puños enguantados, pero eran más fuertes.
—Tienes en ti ser un gran hombre, pero no puedes dejarte llevar por cualquier emoción que se te presente. A veces los valientes pueden ganar batallas, pero las guerras siempre las ganan los inteligentes. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo—, susurró.
—Bien. Da órdenes de abandonar la granja y retroceder hacia el oeste antes de que Stour Anochecer llegue con sus fuerzas.
—Pero si retrocedemos... Ritter murió por nada. Si retrocedemos, ¿cómo se verá?
Ella se puso en pie.
—Como debilidad femenina e indecisión, espero. Entonces, tal vez las cabezas imprudentes del lado de los norteños prevalecerán y nos perseguirán con sonrisas masculinas en sus rostros masculinos, y cuando los soldados del rey finalmente lleguen, los haremos pedazos en un terreno de nuestra elección.
Leo parpadeó hacia el suelo y sintió las lágrimas en sus mejillas.
—Ya veo.
Ahora ella había puesto su voz suave.
—Fue imprudente, insensato, pero valiente y... para bien o para mal, los hombres admiran a cierto tipo de hombre. No negaré que todos necesitamos algo para alentarnos. Has hecho sangrar a Anochecer, y los grandes guerreros se enojan rápidamente, y los hombres enojados cometen errores. —Ella presionó algo en su mano flácida. El estandarte con el lobo de Anochecer en él—. Tu padre habría estado orgulloso de tu coraje, Leo. Ahora hazme sentir orgullosa de tu buen juicio.
Caminó penosamente hasta la solapa de la tienda, con los hombros caídos bajo una armadura que parecía tres veces más pesada que cuando llegó. Ritter había muerto, y nunca regresaría, y había dejado a su esposa de barbilla débil llorando junto al fuego. Fallecido por su propia lealtad, y por la vanidad, el descuido y la arrogancia de Leo.
—Por los muertos.
Trató de quitarse las lágrimas con el dorso de la mano, pero no pudo hacerlo con los guantes puestos. En su lugar, usó el dobladillo del estandarte capturado.
En la batalla, un hombre descubre quién es realmente.
Se quedó congelado cuando salió a la luz del día. Lo que parecía un regimiento entero se había reunido en una media luna, mirando hacia la tienda de su madre.
—¡Un aplauso para Leo dan Brock!— rugió Glaward, agarrando la muñeca de Leo en su puño y levantándola en alto.— ¡El Joven León!
—¡El Joven León!— bramó Barniva cuando se alzó una entusiasta ovación—. ¡Leo dan Brock!
—Traté de avisarte—. Jurand se inclinó para murmurar en su oído—. ¿Te ha echado la bronca?
—Nada que no mereciera—. Pero Leo logró sonreír un poco también. Solo por el bien de la moral. Nadie podía negar que todos necesitaban algo que celebrar.
El ruido se hizo más fuerte cuando levantó el trapo del estandarte, y Antaup se tambaleó hacia adelante, levantando los brazos para pedir más ruido. Uno de los hombres, sin duda ya borracho, se bajó los pantalones y mostró su culo desnudo hacia el norte, con una amplia aprobación. Luego se cayó, con la risa generalizada. Glaward y Barniva agarraron a Leo y lo levantaron en el aire sobre sus hombros mientras Jurand colocaba sus manos en sus caderas y hacía rodar los ojos.
La lluvia había disminuido y el sol brillaba sobre armaduras pulidas, espadas afiladas y rostros sonrientes.
Fue difícil no sentirse mucho mejor.



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