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viernes, 28 de agosto de 2015

Fotos de un nuevo set de rodaje en Girona

El trabajo para convertir Girona en un nuevo lugar del mundo de Juego de tronos avanza a buen ritmo. Gracias al Diari de Girona podemos ver una nueva tanda de imágenes de un set que se está levantando en la plaça dels Jurats o plaza de los Jurados de la ciudad. Segun las fuentes del periódico catalán se estaría construyendo el decorado de "un escenario de un teatro" (algo que al diario le sirve para afirmar que serán para grabar escenas ambientadas en Braavos).




Sin duda, un escenario en Braavos solo puede recordarnos a un lugar: el teatro de Izembaro que conocimos en uno de los avances de Vientos de invierno: el capítulo Mercy.
La pregunta, para los lectores, es qué nos querrán mostrar en la serie. Teniendo en cuenta que lo que ocurría en el capítulo de Vientos de invierno era el asesinato de uno de los enviados de Desembarco del Rey, algo que ya vimos de forma un poco diferente a finales de la temporada pasada, sin duda en la sexta temporada de la serie de HBO tendrá que sorprendernos con otra trama.

En ESTE ENLACE tenéis una galería con todas las fotos del nuevo set. (Fotos de Marc Martí para Diari de Girona).

¿Qué pensáis vosotros que veremos en Braavos?
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lunes, 17 de agosto de 2015

Primeras fotos del rodaje de Arya en la sexta temporada

Según publica Belfast Live la actriz Maisie Williams (Arya Stark) ha sido vista filmando en el puerto de Carnlough (Irlanda del Norte) lo que formará parte de su trama en la sexta temporada de Juego de tronos.
La filmación ha tenido lugar esta misma tarde, y en la escena en cuestión Arya ha acabado dandose un chapuzón en lo que podemos suponer que es el puerto de Braavos. En la escena también estuvo involucrada una doble de cuerpo de Arya.
Os dejo más fotos tras el salto.


viernes, 28 de marzo de 2014

Capítulo traducido de Vientos de invierno: Mercy

Hace solo dos días George R. R. Martin nos sorprendía a todos colgando un nuevo capítulo de Vientos de invierno en su página web, y además uno totalmente nuevo ya que nunca lo había leído en ninguna convención a la que tan aficionado es de asistir. Pues bien, el capítulo generó tal densidad de tráfico en su página web que esta llegó a estar bloqueada durante un tiempo, lo que habla del interés que existe entre los lectores por saber más del sexto libro de Canción de Hielo y Fuego.
Ahora os traigo el capítulo en cuestión, titulado Mercy y que tiene por protagonista a uno de los personajes femeninos más queridos por los fans, que ha sido traducido con gran rapidez por la página Los Siete Reinos. El propio Martin ha reconocido en su blog (aquí) que este capítulo llevaba mucho tiempo escrito (un mínimo de 10 años) ya que lo escribió como el primer capítulo de Arya en Danza de dragones, cuando Danza iba a ser el libro siguiente a Tormenta de espadas y sus sucesos tendrían lugar tras un salto temporal de cinco años en los eventos de la saga. Como sabemos, finalmente Martin deshechó el salto temporal, y empezó a escribir Festín de cuervos, y este capítulo fue retrocediendo en la linea temporal hasta ser el primero de la joven Stark en Vientos de invierno, revisándolo y reescribiéndolo varias veces para ajustarlo a los cambios producidos en la trama.
Bueno, dejo de enrollarme y os dejo disfrutar de este capítulo totalmente nuevo de Vientos de invierno.




MERCY

Se despertó con un jadeo, sin saber quién era o dónde estaba.
El olor de la sangre era fuerte en su nariz… ¿o era esa su pesadilla, que persistía? Había soñado con lobos de nuevo, corriendo sobre algún oscuro bosque de pinos con una gran manada tras ella, siguiendo el rastro de una presa.
Una media luz llenó el cuarto, gris y sombrío. Temblando, se sentó en la cama y pasó la mano por su cabeza. Algunos pelos se erizaban contra su mano. Tengo que afeitarme antes de que Izembaro me vea. Mercy, soy Mercy, y esta noche seré violada y asesinada. Su verdadero nombre era Mercedene, pero Mercy (NOTA DEL TRADUCTOR: Misericordia en inglés) era como le llamaba todo el mundo…
Excepto en sueños. Respiró hondo para acallar el latido de su corazón, tratando de recordar más acerca de lo que había soñado, pero la mayoría se había ido. Había habido sangre, creía, y una luna llena, y un árbol que la observaba mientras corría.
Había corrido las cortinas para que el sol de la mañana le despertara. Pero no había sol fuera de la ventana del pequeño cuarto de Mercy, solo un muro de cambiante niebla gris. El aire se había vuelto fresco…y era bueno, pues si no podría haberse pasado el día durmiendo. Sería como si Mercy se durmiera durante su propia violación.
El vello cubría sus piernas. La colcha se enrollaba sobre ella como una serpiente. Ella la retiró, lanzó la manta al suelo de tablas y caminó desnuda hacia la ventana. Braavos estaba perdida en la niebla. Ella podía ver el agua verde del canal debajo, la calle con adoquines de piedra bajo su edificio, dos arcos del musgoso puente… pero el otro extremo del puente desaparecía en el gris, y de los edificios a lo largo del canal solo quedaban unas vagas luces. Oyó una suave salpicadura y un barco serpiente emergió del arco central del puente. “¿Qué hora?” llamó Mercy al hombre que estaba en la alzada cola de la serpiente, empujándola con su remo.
El marinero miró hacia arriba, en busca de la voz: “Cuatro, por el rugir del Titán”. Sus palabras resonaron huecamente en los remolinos de las aguas verdes y los muros de edificios ocultos.
No llegaba tarde, no todavía, pero no debía holgazanear. Mercy era un alma alegre y una trabajadora dura, pero raramente puntual. Eso no serviría hoy. El enviado desde Poniente se esperaba en la Puerta esta tarde, e Izembaro no estaría de humor para excusas, incluso si se las servían con una dulce sonrisa.
Había llenado el barreño con el agua del canal la noche anterior antes de irse a dormir, prefiriendo el agua salobre a la babosa  y verde agua de lluvia de la cisterna. Mojando un trapo áspero, se lavó de la cabeza a los pies, poniéndose a la pata coja para frotarse sus pies callosos. Tras eso encontró su navaja. Una cabeza desnuda ayudaba a las pelucas a entrar mejor, decía Izembaro.
Se afeitó, se puso su ropa interior y se pasó un vestido de lana marrón sobre su cabeza. Una de sus medias necesitaba remiendos, lo vio cuando se la subió. Pediría ayuda al Pargo; cosía tan miserablemente que el encargado de vestuario normalmente se compadecía de ella. O podría agenciarse un bonito par del vestuario. Pero eso sería arriesgado. Izembaro odiaba que los actores llevaran sus ropas en las calles. Excepto por Wendeyne. “Dale a la polla de Izembaro una pequeña mamada y una chica podía llevar cualquier ropa que quisiera”. Mercy no era tan tonta para ello. Daena se lo había advertido: “Las chicas que van por ese camino acaban en El Barco, donde cada hombre que acude sabe que puede tener cualquier cosa bonita que aparezca en el escenario, si su bolsa está lo suficientemente llena”.
Sus botas eran grumos de cuero viejo marrón moteadas con manchas de sal y agrietadas por su largo uso; su cinturón, un tramo de cuerda de cáñamo tintado de azul. Se lo ató sobre su cintura y colgó un cuchillo en su cadera derecha y un monedero en la izquierda. Por último se puso una capa sobre sus hombros. Era una verdadera capa real de actor, lana púrpura forrada de seda roja, con una capucha para protegerse de la lluvia, y tres bolsillos secretos. Ella escondió algunas monedas en uno, una llave de hierro en otro y una cuchilla en la última. Una cuchilla de verdad, no cuchillo de frutero como el que tenía en la cadera, pero que no pertenecía a Mercy, como el resto de sus otros tesoros. El cuchillo de frutero sí pertenecía a Mercy. Ella estaba hecha para comer fruta, sonreír y reír, trabajar duro y hacer lo que se le decía.
“Mercy, Mercy, Mercy,” cantaba mientras descendía por la escalera de madera hacia la calle. El pasamanos estaba astillado, los escalones empinados y había cinco tramos de escalera, pero eso es lo que hacía que el piso fuera tan barato. Eso, y la sonrisa de Mercy. Podría estar calva y delgada, pero Mercy tenía una bonita sonrisa y una cierta gracia. Hasta Izembaro estaba de acuerdo en que era agraciada. No estaba lejos de la Puerta para el vuelo de un cuervo, pero para chicas con pies en lugar de alas el camino era más largo. Braavos era una ciudad torcida. Las calles estaban torcidas, los callejones estaban torcidos y los canales estaban aún más torcidos.
La mayoría de los días prefería coger el camino largo, por el Camino del Trapero a lo largo del Puerto Externo, donde tenía el mar debajo y el cielo arriba, y una vista clara a través del Gran Largo del Arsenal y las laderas con pinares del Escudo de Sellagoro. Los marineros le alababan mientras pasaba por los muelles, llamándole desde alquitranados balleneros Ibbeneses y tripones barcos de Poniente. Mercy no siempre entendía sus palabras, pero sabía lo que le estaban diciendo. Alguna vez les devolvía la sonrisa y les decía que podrían encontrarla en la Puerta si tenían monedas. El camino largo también le hacía cruzar el Puente de los Ojos con sus caras de piedra talladas. Desde lo alto podía mirar a través de sus arcos y ver toda la ciudad: las cúpulas de cobre verde del Palacio de la Verdad, los mástiles erigiéndose como un bosque en el Puerto Púrpura, las torres altas de los poderosos, el rayo dorado que giraba en su espira sobre el Palacio del Señor del Mar… incluso los hombros de bronce del Titán, lejos sobre las oscuras aguas verdes. Pero eso era solo cuando el sol brillaba sobre Braavos. Si la niebla era espesa no había nada que ver salvo el gris, así que Mercy eligió la ruta más corta para ahorrar camino a sus pobres agrietadas botas.
La niebla parecía desaparecer ante ella y cerrarse cuando ella pasaba. Los adoquines estaban mojados y resbaladizos bajo sus pies. Oyó a un gato ronronear lastimeramente. Braavos era una ciudad buena para los gatos y vagaban por todas partes, especialmente de noche. En la niebla todos los gatos son grises, pensó Mercy. En la niebla todos los hombres son asesinos. Ella nunca había visto una niebla tan densa como esta. En los canales más grandes, los aguadores estarían moviendo sus barcos serpiente uno detrás de otro, incapaces de ver más que sombrías luces de los edificios a cada lado.
Mercy se cruzó con un viejo con una linterna que iba en dirección contraria, y envidió su luz. La calle estaba tan sombría que difícilmente podía ver por dónde pisaba. En las partes más humildes de la ciudad las casas, tiendas y almacenes se apiñaban, recostándose unos sobre otros como amantes borrachos, los pisos altos estaban tan cercanos que podías saltar de un balcón a otro. Las calles, debajo, se convertían en túneles oscuros donde resonaba cada pisada. Los pequeños canales tenían aún más obstáculos, pues muchas casas que se alineaban allí tenían sus excusados sobresaliendo sobre el agua. A Izembaro le encantaba recitarle el discurso de “La Melancólica Hija del Mercader” sobre cómo “aquí el último Titán se yergue, a horcajadas sobre sus hermanos” pero Mercy prefería la escena donde el gordo mercader cagaba en la cabeza del Señor del Mar cuando pasaba en su barcaza dorada y púrpura. Solo en Braavos podía pasar algo así, se decía, y solo en Braavos el Señor del Mar y el pescador se reirían igual al verlo.
La Puerta estaba cerca del final de Ciudad Ahogada, entre el Puerto Exterior y el Puerto Púrpura. Un viejo almacén se había quemado allí y la tierra se estaba hundiendo un poco más cada año, así que el espacio era barato. Sobre la inundada base del almacén, Izembaro había alzado su cavernoso teatro. El Domo y la Linterna Azul podrían tener entornos más elegantes, decía a sus titiriteros, pero aquí entre los puertos nunca le faltarían marineros y putas para llenar el patio de butacas. El Barco estaba cerca, llevando multitudes al muelle donde había morado durante veinte años, decía, y La Puerta prosperaría igual.
El tiempo le había dado la razón. El escenario de La Puerta se había inclinado mientras el edificio se asentaba, sus trajes eran proclives al moho y serpientes de agua tenían su nido en la inundada bodega, pero nada de eso importaba a los titiriteros mientras la casa estuviera llena.
El último puente estaba hecho de tela y toscos tablones, y parecía disolverse en la nada, pero eso era solo por la niebla. Mercy correteó por él, con sus tacones retumbando en la madera. La niebla se abría ante ella como una andrajosa cortina gris para revelar el teatro. Una mantecosa luz amarilla salía desde las puertas, y Mercy podía oír voces tras ella. Al lado de la puerta, Brusco el Grande había pintado sobre el título del último espectáculo y escrito en su lugar “La Mano Sangrienta” con grandes letras rojas. Estaba pintando debajo una mano sangrienta, para aquellos que no supieran leer. Mercy se detuvo a mirar. “Es una bonita mano”-le dijo. “El pulgar está torcido”. Brusco lo tocó con su cepillo. “El Rey de los Titiriteros estaba preguntando por ti”.
“Estaba tan oscuro que me quedé dormida”. Cuando Izembaro se había llamado a si mismo Rey de los Titiriteros, la compañía había gozado un extraño placer en ello, saboreando el enfado de sus rivales de El Domo y La Linterna Azul. Últimamente, sin embargo, Izembaro había empezado a tomarse su título demasiado en serio. “Solamente hace el papel de rey ahora”- dijo Marro, torciendo la mirada- “y si la obra no tiene ningún rey, él preferiría no representarla”.
La Mano Sangrienta ofrecía dos reyes, el gordo y el niño. Izembaro haría el papel del gordo. No sería una parte larga, pero tendría un buen discurso mientras estaba muriendo, y una espléndida lucha con un jabalí demoníaco antes. Phario Forel lo había escrito, y él tenía la pluma más sangrienta de todo Braavos.
Mercy encontró a la compañía reunida tras el escenario, y se deslizó entre Daena y el Pargo en la parte de atrás, esperando que su retraso fuera inadvertido. Izembaro estaba contando a todo el mundo que esperaba que La Puerta estuviera llena hasta la bandera esta tarde, pese a la niebla. “El Rey de Poniente ha mandado a su enviado a honrar al Rey de los Titiriteros esta noche”- dijo a su tropa. “No decepcionaremos a nuestro querido monarca”.
“¿Nosotros?”- dijo el Pargo, que hacía todos los trajes para los actores. “¿Hay más de uno ahora?”
“Está tan gordo como para contar por dos”- susurró Bobono. Toda tropa de titiriteros tenía un enano. Él era el suyo. Cuando vio a Mercy le echó una ojeada. “Ooh”- dijo- “aquí está. ¿Está la chica lista para su violación?”- dijo mientras se palmeaba sus labios.
El Pargo le dio una palmada en la cabeza: “Estate callado”.
El Rey de los Titiriteros ignoró la conmoción. Seguía hablando, contando a los actores lo magníficos que debían ser. Además del enviado de Poniente, habría responsables de llaves y cortesanas famosas también. No quería que se fueran con una mala opinión de La Puerta. “Le irá mal a todo hombre que me falle”, una amenaza que había tomado prestada del discurso que daba el Príncipe Garin en la batalla de “Ira de los Señores de Dragón”, la primera obra de Phario Forel.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Nuevo capítulo de Winds of winter: Mercy

Después de mucho tiempo sin apenas tener noticias sobre Winds of winter, el sexto libro de Canción de Hielo y Fuego, en una sola semana George R. R. Martin nos ha sorprendido con dos nuevos capítulos de la novela. Este nuevo capítulo ha sido colgado por el escritor en su página personal (aquí) y según cuenta fue escrito hace bastante tiempo pero nunca lo había leído en ninguna convención, así que es totalmente nuevo. Aunque está en ingles os lo dejo aquí para que disfrutéis con las aventuras de su protagonista, una de las más veteranas de la saga.

MERCY
She woke with a gasp, not knowing who she was, or where.
The smell of blood was heavy in her nostrils… or was that her nightmare, lingering? She had dreamed of wolves again, of running through some dark pine forest with a great pack at her hells, hard on the scent of prey.
Half-light filled the room, grey and gloomy. Shivering, she sat up in bed and ran a hand across her scalp. Stubble bristled against her palm. I need to shave before Izembaro sees. Mercy, I’m Mercy, and tonight I’ll be raped and murdered. Her true name was Mercedene, but Mercy was all anyone ever called her…
Except in dreams. She took a breath to quiet the howling in her heart, trying to remember more of what she’d dreamt, but most of it had gone already. There had been blood in it, though, and a full moon overhead, and a tree that watched her as she ran.
She had fastened the shutters back so the morning sun might wake her. But there was no sun outside the window of Mercy’s little room, only a wall of shifting grey fog. The air had grown chilly… and a good thing, else she might have slept all day. It would be just like Mercy to sleep through her own rape.
Gooseprickles covered her legs. Her coverlet had twisted around her like a snake. She unwound it, threw the blanket to the bare plank floor and padded naked to the window. Braavos was lost in fog. She could see the green water of the little canal below, the cobbled stone street that ran beneath her building, two arches of the mossy bridge… but the far end of the bridge vanished in greyness, and of the buildings across the canal only a few vague lights remained. She heard a soft splash as a serpent boat emerged beneath the bridge’s central arch. “What hour?” Mercy called down to the man who stood by the snake’s uplifted tail, pushing her onward with his pole.
The waterman gazed up, searching for the voice. “Four, by the Titan’s roar.” His words echoed hollowly off the swirling green waters and the walls of unseen buildings.
She was not late, not yet, but she should not dawdle. Mercy was a happy soul and a hard worker, but seldom timely. That would not serve tonight. The envoy from Westeros was expected at the Gate this evening, and Izembaro would be in no mood to hear excuses, even if she served them up with a sweet smile.
She had filled her basin from the canal last night before she went to sleep, preferring the brackish water to the slimy green rainwater stewing in the cistern out back. Dipping a rough cloth, she washed herself head to heel, standing on one leg at a time to scrub her calloused feet. After that she found her razor. A bare scalp helped the wigs fit better, Izembaro claimed.
She shaved, donned her smallclothes, and slipped a shapeless brown wool dress down over her head. One of her stockings needed mending, she saw as she pulled it up. She would ask the Snapper for help; her own sewing was so wretched that the wardrobe mistress usually took pity on her. Else I could filtch a nicer pair from wardrobe. That was risky, though. Izembaro hated it when the mummers wore his costumes in the streets. Except for Wendeyne. Give Izembaro’s cock a little suck and a girl can wear any costume that she wants. Mercy was not so foolish as all that. Daena had warned her. “Girls who start down that road wind up on the Ship, where every man in the pit knows he can have any pretty thing he might see up on the stage, if his purse is plump enough.”
Her boots were lumps of old brown leather mottled with saltstains and cracked from long wear, her belt a length of hempen rope dyed blue. She knotted it about her waist, and hung a knife on her right hip and a coin pouch on her left. Last of all she threw her cloak across her shoulders. It was a real mummer’s cloak, purple wool lined in red silk, with a hood to keep the rain off, and three secret pockets too. She’d hid some coins in one of those, an iron key in another, a blade in the last. A real blade, not a fruit knife like the one on her hip, but it did not belong to Mercy, no more than her other treasures did. The fruit knife belonged to Mercy. She was made for eating fruit, for smiling and joking, for working hard and doing as she was told.
“Mercy, Mercy, Mercy,” she sang as she descended the wooden stair to the street. The handrail was splintery, the steps steep, and there were five flights, but that was why she’d gotten the room so cheap. That, and Mercy’s smile. She might be bald and skinny, but Mercy had a pretty smile, and a certain grace. Even Izembaro agreed that she was graceful. She was not far from the Gate as the crows flies, but for girls with feet instead of wings the way was longer. Braavos was a crooked city. The streets were crooked, the alleys were crookeder, and the canals were crookedest of all. Most days she preferred to go the long way, down the Ragman’s Road along the Outer Harbor, where she had the sea before her and the sky above, and a clear view across the Great Lagoon to the Arsenal and the piney slopes of Sellagoro’s Shield. Sailors would hail her as she passed the docks, calling down from the decks of tarry Ibbenese whalers and big-bellied Westerosi cogs. Mercy could not always understand their words, but she knew what they were saying. Sometimes she would smile back and tell them they could find her at the Gate if they had the coin.
The long way also took her across the Bridge of Eyes with its carved stone faces. From the top of its span, she could look through the arches and see all the city: the green copper domes of the Hall of Truth, the masts rising like a forest from the Purple Harbor, the tall towers of the mighty, the golden thunderbolt turning on its spire atop the Sealord’s Palace… even the Titan’s bronze shoulders, off across the dark green waters. But that was only when the sun was shining down on Braavos. If the fog was thick there was nothing to see but grey, so today Mercy chose the shorter route to save some wear on her poor cracked boots.
The mists seemed to part before her and close up again as she passed. The cobblestones were wet and slick under her feet. She heard a cat yowl plaintively. Braavos was a good city for cats, and they roamed everywhere, especially at night. In the fog all cats are grey, Mercy thought. In the fog all men are killers.
She had never seen a thicker fog than this one. On the larger canals, the watermen would be running their serpent boats into one another, unable to make out any more than dim lights from the buildings to either side of them.