La tercera novela de la saga del Archivo de las Tormentas está encarando su recta decisiva, que permitirá que Brandon Sanderson pueda publicarla en inglés a finales del próximo año. Por suerte para los devotos seguidores del Cosmere, el autor de Nebraska ya nos ha dejado algunos pequeños adelantos de Oathbringer (Juramentada, como se titula provisionalmente la obra), y hoy os traigo otra pequeña joyita de la épica historia ambientada en el asombroso mundo de Roshar.
Se trata nada menos que del primer capítulo de la novela (sin contar el prólogo de la misma). Brandon Sanderson ya leyó una primera versión de este capítulo en la FantasyCon de Salt Lake City en julio de 2014 (incluso podéis ver los videos que se grabaron con el autor leyendo el fragmento en este enlace), y unos meses después pudimos leer una versión un poco más pulida de dicho capítulo de apertura. Os dejo mi traducción del interesante fragmento, para que vayamos aligerando la espera de la próxima entrega del Archivo de las Tormentas.
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| Kaladin, por Alex Allen. |
Kaladin caminaba penosamente por un campo de tranquilos rocabrotes, plenamente consciente de que era demasiado tarde para evitar el desastre. El conocimiento lo volvía más lento, presionando contra sus hombros con una sensación casi física, casi con el peso de un puente que se viera obligado a llevar el solo.
La tierra a su alrededor debería haberle sido familiar. En cambio parecía salvaje, descuidada, extraña. Después de tanto tiempo en los Tierras de la Tormenta (esas tierras orientales que se llevaban lo peor de las tormentas) casi había olvidado el aspecto de un paisaje más fértil. Los rocabrotes crecían aproximadamente tan grandes como barriles, con las parras tan gruesas como su muñeca derramándose hacia fuera y lamiendo el agua de los charcos en la piedra. La hierba se extendía en el campo y le llegaba hasta la cintura, moteada con vidaspren brillantes. La hierba era de un verde vibrante y lenta para retirarse en sus madrigueras cuando se acercaba.
Kaladin sacudió la cabeza; la hierba cerca de las Llanuras Quebradas apenas crecía tan alta como el tobillo, y sobre todo en parches amarillentos en el lado de sotavento de las colinas. Casi cualquier cosa se podía esconder en estos campos. Todo lo que tendría que hacer era agacharse y esperar a que la hierba se alzara de nuevo en torno, y tendría un punto de emboscada perfecta. ¿Cómo es que nunca se había dado cuenta durante su juventud? Había corrido a través de campos de este tipo, jugando a atraparse con su hermano, tratando de ver quién era lo suficientemente rápido para coger puñados de hierba antes de que se ocultara.





