“Me desperté aterrorizado, el sudor frío mojaba mi frente, mis dientes castañeteaban y movimientos convulsivos sacudían mis miembros. A la pálida luz de los rayos lunares que se filtraban por entre los postigos vi, de pronto, al monstruo que había creado. [..] ¡Ay! Nadie hubiera soportado el horror que su vista inspiraba. Una hedionda momia resucitada no habría parecido tan horrenda como aquel engendro”.
La terrible visión en mitad de una noche tormentosa de noviembre de un hombre que observa ante su lecho el fruto de su largo y siniestro trabajo se convirtió en una escena que persiguió en las pesadillas a una joven escritora: Mary Wollstonecraft Shelley. Junto con una noche de tormenta en 1816 durante la que compartió historias de fantasmas en la Villa Diodati de Suiza con su marido Percy B. Shelley, el también poeta Lord Byron y el doctor John Polidori sembraron las semillas que la pusieron a escribir la que se ha convertido en su obra más afamada.
Como habréis adivinado se trata de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), y el fragmento que os cito arriba, que fue la imagen que apareció en la pesadilla de la escritora, acabó siendo el combustible que le hizo escribir el que sería luego el quinto capítulo de la novela y alrededor del cual construyó toda su oscura y memorable historia sobre ambición científica desmedida y sus desastrosas consecuencias.
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| El primer encuentro entre creador y criatura en Frankenstein, ilustrado por Bernie Wrightson. |
Ahora que esta obra seminal vuelve a ser motivo de actualidad gracias a la más que libre adaptación que ha parido el cineasta Guillermo del Toro me ha parecido apropiado que recordemos la importancia capital de esta novela dentro del género fantástico. No solo por su gran relevancia dentro del horror gótico que triunfó en el mundo occidental durante todo el siglo XIX, sino también como la que podemos considerar sin duda la primera obra de la ciencia ficción moderna. Mary Shelley fue la iniciadora de una nueva corriente de la ficción que llega virtualmente hasta nuestros propios días.



