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martes, 14 de enero de 2014

Relatos (1): Abandonada

Como anuncié en uno de los primeros post de este año 2014 pretendo que El Caballero del Árbol Sonriente se llene de novedades y nuevas secciones que lo enriquezcan continuamente. Pues bien una de mis intenciones es publicar de vez en cuando algún relato breve de fantasía, terror o ciencia ficción fruto de mi propia mano. No es que sean especialmente brillantes o novedosos, pero creo que puede aportar un aire diferente al resto de noticias y novedades que normalmente aparecen en el blog. Eso sí, espero que los disfrutéis.
Así que os dejo con el primer relato, una historia de fantasía ligeramente diferente a las habituales, pero con una protagonista que es una auténtica superviviente.


ABANDONADA

La habían abandonado al atardecer, cuando todavía estaba inconsciente. Se despertó con la sensación incómoda de estar donde no debía. Intentó moverse, desentumecer su cuerpo fibroso y delgado, pero algo se lo impidió. Se sentía envuelta de una manera que no le permitía alargar sus extremidades, separarlas del cuerpo. El miedo empezó a invadirla y sintió que su corazón se aceleraba como una mariposa que emprende el vuelo asustada. Cerró los ojos, dejó que el aire entrara y saliera de su cuerpo con suavidad. Pasó un rato antes de que los golpes secos de su corazón se fueron haciendo más regulares.
Abrió los ojos y observó donde estaba. El sol estaba ya mordido por el horizonte y el cielo tenía el color rojizo de un arañazo. Muy pronto sería de noche, una noche cerrada y fría como eran siempre en ese rincón del mundo, el momento en que los depredadores más peligrosos salían en busca de sus presas. Si no quería morir tenía que actuar deprisa.
Estaba tendida en el suelo, un barrizal que se extendía kilómetros y kilómetros, donde solo crecían pequeños rastrojos amarillentos, de aspecto afilado y seco. De vez en cuando se podía observar algún árbol muerto, totalmente seco y con las ramas raquíticas. Pequeños insectos se arrastraban sobre la superficie húmeda y llena de charcos de color oscuro. Y ella se encontraba en mitad de toda aquella desolación incapaz de moverse. La habían envuelto cuidadosamente con gruesas cuerdas hechas con la corteza de alguna planta fibrosa. La envolvían del cuello hasta el abdomen, haciéndole difícil incluso respirar.
Intentó moverse, ponerse de pie, pero sintió que las cuerdas se le clavaban en la piel. Solo podía arrastrase sobre el fango, con el frío húmedo pegándose a su piel, manchándola. Aquella humillación era peor que sentirse abandonada, que saberse entregada a una muerte segura. Un grito se escapó de su garganta reseca y resonó por la abandonada planicie como un rugido. Algunos pájaros levantaron el vuelo asustados y se perdieron en la lejanía.
La noche se le echaba encima y las primeras estrellas se dejaban ver ya sobre ella, pálidas y frías, como ojos de cristal que escrutaban curiosas. Tumbada en el suelo casi le parecían joyas de algún tesoro olvidado. Aquel pensamiento logró tranquilizarla de nuevo. Se incorporó todo lo que se lo permitían las ataduras y miró a su alrededor, buscando cualquier cosa que la ayudara a soltarse, a liberarse antes de que las bestias antiguas y poderosas que habitaban aquella tierra desolada la encontraran.