Como anuncié en uno de los primeros post de este año 2014 pretendo que El Caballero del Árbol Sonriente se llene de novedades y nuevas secciones que lo enriquezcan continuamente. Pues bien una de mis intenciones es publicar de vez en cuando algún relato breve de fantasía, terror o ciencia ficción fruto de mi propia mano. No es que sean especialmente brillantes o novedosos, pero creo que puede aportar un aire diferente al resto de noticias y novedades que normalmente aparecen en el blog. Eso sí, espero que los disfrutéis.
Así que os dejo con el primer relato, una historia de fantasía ligeramente diferente a las habituales, pero con una protagonista que es una auténtica superviviente.
ABANDONADA
La habían abandonado al atardecer, cuando todavía
estaba inconsciente. Se despertó con la sensación incómoda de estar donde no
debía. Intentó moverse, desentumecer su cuerpo fibroso y delgado, pero algo se
lo impidió. Se sentía envuelta de una manera que no le permitía alargar sus
extremidades, separarlas del cuerpo. El miedo empezó a invadirla y sintió que
su corazón se aceleraba como una mariposa que emprende el vuelo asustada. Cerró
los ojos, dejó que el aire entrara y saliera de su cuerpo con suavidad. Pasó un
rato antes de que los golpes secos de su corazón se fueron haciendo más
regulares.
Abrió los ojos y observó donde estaba. El sol
estaba ya mordido por el horizonte y el cielo tenía el color rojizo de un
arañazo. Muy pronto sería de noche, una noche cerrada y fría como eran siempre
en ese rincón del mundo, el momento en que los depredadores más peligrosos
salían en busca de sus presas. Si no quería morir tenía que actuar deprisa.
Estaba tendida en el suelo, un barrizal que se
extendía kilómetros y kilómetros, donde solo crecían pequeños rastrojos
amarillentos, de aspecto afilado y seco. De vez en cuando se podía observar
algún árbol muerto, totalmente seco y con las ramas raquíticas. Pequeños
insectos se arrastraban sobre la superficie húmeda y llena de charcos de color
oscuro. Y ella se encontraba en mitad de toda aquella desolación incapaz de
moverse. La habían envuelto cuidadosamente con gruesas cuerdas hechas con la
corteza de alguna planta fibrosa. La envolvían del cuello hasta el abdomen,
haciéndole difícil incluso respirar.
Intentó moverse, ponerse de pie, pero sintió que
las cuerdas se le clavaban en la piel. Solo podía arrastrase sobre el fango,
con el frío húmedo pegándose a su piel, manchándola. Aquella humillación era
peor que sentirse abandonada, que saberse entregada a una muerte segura. Un
grito se escapó de su garganta reseca y resonó por la abandonada planicie como
un rugido. Algunos pájaros levantaron el vuelo asustados y se perdieron en la
lejanía.
La noche se le echaba encima y las primeras
estrellas se dejaban ver ya sobre ella, pálidas y frías, como ojos de cristal
que escrutaban curiosas. Tumbada en el suelo casi le parecían joyas de algún
tesoro olvidado. Aquel pensamiento logró tranquilizarla de nuevo. Se incorporó
todo lo que se lo permitían las ataduras y miró a su alrededor, buscando
cualquier cosa que la ayudara a soltarse, a liberarse antes de que las bestias
antiguas y poderosas que habitaban aquella tierra desolada la encontraran.
